Saludos internacionales


Querido blog:

Me llamo Carola Colaci y hoy quiero compartir una experiencia de alteridad que viví durante mi intercambio en Alemania. Antes de contar lo que me pasó, creo que es importante explicar qué entiendo por alteridad. Para mí, la alteridad aparece cuando nos encontramos con alguien que tiene una manera diferente de ver y vivir el mundo. Es ese momento en el que nos damos cuenta de que muchas cosas que nosotros hacemos de manera automática, porque siempre las vimos como normales, pueden tener otro significado para personas de otras culturas. Como explica Esteban Krotz, encontrarnos con el otro nos permite entender que nuestra forma de vivir no es la única existente, sino una de las muchas maneras posibles de interpretar la realidad.

En mi caso, esta experiencia de alteridad no apareció en un momento extraordinario, sino en algo tan cotidiano como un saludo. Lo que más me sorprendió fue descubrir que un gesto tan simple, que para mí representaba confianza, cercanía y amabilidad, podía ser interpretado de una manera completamente distinta por otras personas. Esa situación me hizo detenerme y mirar mi propia cultura desde otra perspectiva, entendiendo que muchas de las costumbres que tenemos incorporadas las aprendemos desde chicos y pocas veces nos preguntamos por qué las hacemos.

Hace unos meses viajé a Alemania para realizar un intercambio de dos meses. Durante ese tiempo conocí personas nuevas, conviví con una familia alemana y asistí a un colegio diferente al mío. Los primeros días fueron un desafío porque todo era desconocido para mí: el idioma, la rutina, las formas de relacionarse y hasta pequeños detalles de la vida cotidiana. Al principio me sentía un poco perdida y tenía miedo de no poder adaptarme. Sin embargo, con el paso de las semanas fui ganando confianza, empecé a comunicarme mejor en alemán y a sentirme cada vez más cómoda. Mis compañeros y mi familia de intercambio me recibieron con mucho cariño, y poco a poco ese lugar que al principio parecía extraño empezó a sentirse más cercano.

Una mañana de invierno llegué al colegio alrededor de las siete de la mañana. El frío se sentía en la cara y mis manos todavía estaban heladas después de caminar hasta la escuela. Afuera, el cielo estaba gris y pequeños copos de nieve caían lentamente sobre el patio, cubriendo de blanco los alrededores. Al entrar al aula sentí el contraste entre el aire frío del exterior y el calor de la calefacción. Las ventanas seguían cerradas por las bajas temperaturas, por lo que el ambiente estaba cargado. Se mezclaban los olores de los abrigos húmedos por la nieve, los perfumes de mis compañeros y el olor de los útiles escolares sobre los bancos.

Se mezclaban los olores de los abrigos húmedos por la nieve, los perfumes de mis compañeros y los útiles escolares sobre los bancos. Escuchaba las conversaciones en alemán, las risas antes de comenzar la clase y el sonido de las mochilas mientras todos se preparaban para empezar el día.

En ese momento me sentía cómoda porque ya conocía a mis compañeros y podía manejarme mejor en alemán. Por eso, cuando llegó el momento de saludarlos, actué de manera automática. Me acerqué como lo habría hecho en Argentina y quise saludarlos con un beso en el cachete.

Sin embargo, la reacción fue diferente a la que esperaba. Noté miradas de sorpresa y algunos se quedaron quietos, como si no supieran cómo responder. En ese instante sentí vergüenza y confusión. Por unos segundos pensé que había hecho algo incorrecto o que había incomodado a los demás. Para mí ese gesto era completamente natural, una forma de demostrar confianza y cercanía.

Más tarde comprendí que en Alemania las formas de saludo son diferentes y que, especialmente al conocer a alguien, es más común decir “Hallo” o dar la mano. No se trataba de que una forma fuera correcta y la otra incorrecta, sino de dos maneras diferentes de expresar respeto.

Al reflexionar sobre mi actitud, reconozco que hubo un cierto grado de etnocentrismo en mi reacción inicial. En ese momento interpreté la situación desde mis propias costumbres y pensé que mi manera de saludar era la forma “normal” de hacerlo como lo es en mi pais, mi cultura. Aunque no lo hice con intención de juzgar a los demás, mi primera reacción estuvo influenciada por la idea de que aquello que yo conocía era lo esperado. Sin embargo, al comprender la perspectiva de mis compañeros pude reconocer que su comportamiento también tenía sentido dentro de su propia cultura.

Considero que esta vivencia fue una experiencia de alteridad porque me permitió encontrarme con una forma diferente de relacionarse y cuestionar mis propias ideas sobre lo cotidiano. Aprendí que nuestras costumbres no son universales, sino construcciones culturales, y que conocer al otro también implica revisar nuestra propia mirada.






Comentarios

Entradas más populares de este blog

La comodidad de lo conocido

Remando entre culturas